lunes, 24 de mayo de 2010

TU ERES SACERDOTE PARA SIEMPRE


Vivan los sacerdotes
Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas
SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 22 mayo 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "Vivan los sacerdotes".


VER

Me llamó la atención escuchar esta espontánea aclamación del pueblo, al hacer la visita pastoral a una comunidad indígena ch'ol, a cinco horas de San Cristóbal de Las Casas. Fue una celebración multitudinaria (no exagero) y durante la procesión de bienvenida que me dieron, desde las afueras del pueblo hasta donde está el templo, repetían varios de estos "vivas" y aplausos. Resalto este reconocimiento a los sacerdotes, por el persistente clima acusatorio de medios informativos en su contra, al difundir pecados clericales que son inocultables y siempre detestables, pero que se han sobredimensionado tendenciosamente. El poder de la televisión es enorme, pero es mayor la fuerza de la fe y el testimonio de la entrega generosa de la mayoría de los sacerdotes. El pueblo sencillo los quiere y los aclama; les tiene confianza y cariño.

Un catequista ch'ol, de nombre Agustín, al darme la bienvenida, dijo: "Esta comunidad, junto con la zona, hemos vivido persecuciones, muertes, amenazas y desplazamientos en tiempo de conflictos pasados; hoy, gracias a Dios, con la obra del Espíritu Santo, todos esos dolores se han calmado; hemos tenido el momento de dialogarnos para buscar la paz, y este es el mejor momento de encontrarnos como hermanos". Llegar a este ambiente de reconciliación y de paz, ha sido trabajo paciente de los sacerdotes, que les han acompañado en sus sufrimientos, sin violentar sus procesos. Por ello, el pueblo les quiere.

JUZGAR

Es muy oportuno lo dicho por el Papa Benedicto XVI: "El sacerdote representa a Cristo, al Enviado del Padre, continúa su misión, mediante la palabra y el sacramento, en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y palabra... Quiero invitar a todos los sacerdotes a celebrar y vivir con intensidad la Eucaristía, que está en el centro de la tarea de santificar; es Jesús que quiere estar con nosotros, vivir en nosotros, darse a sí mismo, mostrarnos la infinita misericordia y ternura de Dios... El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran misterio, en el sacramento y en la vida. Aunque la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, eso no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal; el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo de fe y un testimonio de santidad.

Sed conscientes del gran don que los sacerdotes constituyen para la Iglesia y para el mundo; mediante su ministerio, el Señor sigue salvando a los hombres, haciéndose presente, santificando. Estad agradecidos a Dios, y sobre todo estad cerca de vuestros sacerdotes con la oración y con el apoyo, especialmente en las dificultades, a fin de que sean cada vez más pastores según el corazón de Dios" (5-V-2010).

ACTUAR

¿Conoces al sacerdote que te bautizó? En tu boleta de bautismo está su nombre y la parroquia. Búscalo y agradécele haber sido el medio por el cual Dios te comunicó su propia vida, abriéndote a la eternidad. Ora por él, para que persevere en su vocación y sea santo.

Cuando confieses sacramentalmente tus pecados ante un sacerdote, exprésale tu gratitud, pues por su mediación Cristo te perdona, te libera, te levanta, te purifica, te salva.

Al tener la gracia de participar en una celebración eucarística, acércate al sacerdote, al concluir el rito, y manifiéstale tu agradecimiento. Con mayor razón, agradece a quien te dio la Primera Comunión, a quien presidió tu sacramento matrimonial, a quien fue a visitar a un familiar o conocido tuyo en su enfermedad, a quien con su predicación o sus consejos te ayudó a salir adelante.

No le niegues el título afectuoso de "padre", pues aunque es también hermano y servidor, por su sacramentalidad recibes la vida espiritual de Dios. En Cristo, engendramos a muchos en el Evangelio, y así participamos de la misma paternidad de Dios.

No seas ocasión de que un sacerdote sea infiel a su vocación. Si le significas una tentación, aléjate y exígele que viva con autenticidad su consagración. ¡Animo, hermanos sacerdotes!

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES
¡Oh Jesús!
Te ruego por tus fieles y fervorosos sacerdotes,
por tus sacerdotes tibios e infieles,
por tus sacerdotes que trabajan cerca o en lejanas misiones,
por tus sacerdotes que sufren tentación,
por tus sacerdotes que sufren soledad y desolación,
por tus jóvenes sacerdotes,
por tus sacerdotes ancianos,
por tus sacerdotes enfermos,
por tus sacerdotes agonizantes
por los que padecen en el purgatorio.
Pero sobre todo, te encomiendo a los sacerdotes que me son más queridos,
al sacerdote que me bautizó,
al que me absolvió de mis pecados,
a los sacerdotes a cuyas Misas he asistido y que me dieron tu Cuerpo y Sangre en la Sagrada Comunión,
a los sacerdotes que me enseñaron e instruyeron, me alentaron y aconsejaron,
a todos los sacerdotes a quienes me liga una deuda de gratitud,
especialmente a...
¡Oh Jesús, guárdalos a todos junto a tu Corazón y concédeles abundantes bendiciones en el tiempo y en la eternidad!
Amén

Santa Teresa de Lisieux
Publicado por Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina

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EL PAPA LES HABLA A LOS SACERDOTES

CARTA DEL PAPA A LOS SACERDOTES CON MOTIVO DEL AÑO SACERDOTAL

Una nueva primavera para la Iglesia

Queridos hermanos en el Sacerdocio:

He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.1 Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

"El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.2 Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".3 Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia...".4 Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo".5 Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".6

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: "No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá". Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: "Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida". Con esta oración comenzó su misión.7 El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su "Yo filial", que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia parroquial: "En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar", se lee en su primera biografía.8

La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo "hacerse presente" en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la "Providence" (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal9 y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos "para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua' (Rm 12, 10)".10 En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia... Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos".11

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.12 "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración".13 Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...".14 "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis".15 Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la hostia con amor".16 Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios".17 Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!".18 Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".19

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas".20 Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua".21 En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él".22 "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".23

Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita".24 Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!".25 A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis",26 decía. "Si el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno".27 Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios... ¡Qué maravilla!".28 Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".29

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.30 Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos".31 Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio".32 Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?".33 Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.34

La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana".35 El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos" de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence",36 sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo".37 Y explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada".38 Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros".39 Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera".40 También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.41 También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad".42 Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido".43 Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".44

En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. "El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo".45 A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño".46 Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo".47 Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.48 Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.49 Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente "entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron" (2 Co 5, 14). Y añadía: "Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854".50 El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre".51

Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Con mi bendición.

Vaticano, 16 de junio de 2009.

BENEDICTUS PP.XVI

CARTA A MIS AMIGOS

CARTAS DE AMIGOS A LOS SACERDOTES

Inmaculado Corazón de Jesús y de Maria.
Guarda dentro de tu corazón a todos tus hijos sacerdotes.
Que cada Misa, cada Oración, cada Rosario, cada Acto de Piedad, cada Sacramento que celebren, sea un verdadero ofrecimiento a Dios Que impregne en cada uno de tus hijos el aroma agradable que viene de Dios.
Guarda todo su corazón, su alma, su cuerpo, sus pensamientos; en una palabra en todo su ser, Bendícelos y presérvalos de todo mal para que sean como una perla pura y preciosa a los ojos de Dios.
Que tu inmaculada Sangre derramada, renueve en cada uno de nosotros; pueblo de Dios.la perseverancia en la oración por el papa Benedicto XVI,Obispos,Sacerdotes, Seminaristas
Te imploro por intercesión de San Juan Maria Vianney. Amen
Elisabet

Va Esta humilde oración de todo corazón, por todos los sacerdotes que Dios puso en mi camino, especialmente, Rubén, Augusto, Dante, Elvin, Rodolfo, Antonio. Rinaldo, (P. Daniel fallecido).Por el sacerdote que me bautizo, por el que me dio la comunión, Por quien me confirmo y por cada uno que absolvió mis pecados. Por todos los sacerdotes monjes del Monasterio Benedictino de los Toldos, por los que me formaron, por las Sacerdotes del IVE. Instituto del Verbo Encarnado de San Rafael y por los que Dios pondrá en mi camino.
Dios los bendiga a todos.

Elisabet cena (elisabet33@speedy.com.ar)
Enviado el miércoles, 24 de junio de 2009

ORACIÓN DE FRANCISCANOS DE MARÍA

JESUS…

Me fío de ti
(Se que lo que me pasa es fruto de tu amor)
Te quiero
(Eres el primero en mi corazón)
Te adoro
(Eres más importante que mi trabajo, el dinero y cualquier cosa)
Te doy gracias
(Por haberme creado, por haberte hecho hombre, por haber muerto y resucitado por mí,
Por la Eucaristía y la Confesión, por la iglesia, la Virgen y los Santos,
Por las cosas que he tenido, por las que tengo, porque puedo ayudar a los demás,
Por el afecto que recibo)
Te pido perdón
(Por el mal que he hecho,
Por el bien que he dejado de hacer)
Te pido Gracias
(Espirituales – como la superación de los defectos personales,
y Materiales – para uno mismo, para los demás, para la sociedad)
Me ofrezco a ti
(Puedes contar conmigo para lo que quieras)
Como María
(Con el cariño de tu Madre y con su manera de actuar viviendo las virtudes)
Amén

Afectuosamente
Cristian Diez Gomez

cdiezgomez@arcor.com.ar

cristian10gomez@hotmail.com

Enviado el 26 de junio de 2009

AÑO SACERDOTAL

AÑO SACERDOTAL: LA FIGURA DEL SACERDOTE ES FUNDAMENTAL EN LA VIDA DE LA IGLESIA

COMUNICADO: CONVOCATORIA DEL AÑO SACERDOTAL

Con ocasión del 150° aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, Juan María Vianney, Su Santidad ha anunciado…que, del 19 de junio de 2009 al 19 de junio de 2010, se celebrará un especial Año Sacerdotal, que tendrá como tema

“FIDELIDAD DE CRISTO, FIDELIDAD DEL SACERDOTE”.

El Santo Padre lo abrirá presidiendo la celebración de las Vísperas, el 19 de junio D.m. solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y jornada de santificación sacerdotal, en presencia de la reliquia del Cura de Ars traída por el obispo de Belley-Ars; lo cerrará, el 19 de junio de 2010, tomando parte en un “Encuentro Mundial Sacerdotal” en la Plaza de San Pedro.

Durante este Año jubilar, Benedicto XVI proclamará a san Juan María Vianney “Patrono de todos los sacerdotes del mundo”. Se publicará además el “Directorio para los Confesores y Directores Espirituales”, junto con una recopilación de textos del Sumo Pontífice sobre los temas esenciales de la vida y de la misión sacerdotal en la época actual.

La Congregación para el Clero, de acuerdo con los Ordinarios diocesanos y los Superiores de los Institutos religiosos, se preocupará de promover y coordinar las diversas iniciativas espirituales y pastorales que se presenten para hacer percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea, como también la necesidad de potenciar la formación permanente de los sacerdotes ligándola a la de los seminaristas.

Escriba una carta, un poema, un mensaje de esperanza, un cuento, y todo lo que se refiera a los sacerdotes
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NOTICIAS

Asesinado otro sacerdote español en Cuba

Mariano Arroyo Merino, había nacido en 1934 en Cabezón de la Sal, Cantabria

LA HABANA, martes, 14 de julio de 2009 (ZENIT.org).- Este lunes, 13 de julio, fue encontrado muerto en una de las habitaciones de la parroquia de Nuestra Señora de Regla, el sacerdote Mariano Arroyo Merino.

Los primeros informes indican que el sacerdote, de origen español, fue asesinado, según aclara a ZENIT el arzobispado de la capital cubana.

Si la información se confirma, sería el segundo presbítero español asesinado en Cuba en lo que va de año, después de que el cuerpo del sacerdote de la arquidiócesis de Madrid, Eduardo de la Fuente Serrano, de 59 años, apareciera sin vida el pasado 14 de febrero.

El padre Mariano Arroyo había nacido el 20 de febrero de 1935, en Cabezón de la Sal, Cantabria. Fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1960. Poco después, en 1962, partió como misionero a Santiago de Chile, donde permaneció hasta 1968. De 1969 a 1979 trabaja nuevamente en Madrid, España, como párroco y formador del Seminario. En 1980 regresó a Chile, y prestó servicio en varias parroquias de la diócesis de Copiapó.

El padre Arroyo, quien era Licenciado en filosofía y teología por la Universidad Pontificia de Comillas, y Licenciado en filosofía y letras por la Complutense de Madrid, llegó a La Habana el 19 de enero de 1997.

En marzo siguiente el cardenal Jaime Ortega le nombra párroco de Nuestra Señora del Pilar, en La Habana, y en diciembre de 2004, le designa rector y párroco del Santuario Nacional de Nuestra Señora de Regla, ubicado frente a la bahía habanera.

"Allí permaneció hasta su muerte, desarrollando un intenso trabajo pastoral y desplegando un particular carisma hacia la religiosidad popular y el sincretismo religioso", explica el arzobispado de La Habana.

Durante su estancia en La Habana había sido también asesor del Movimiento de Trabajadores Cristianos y director del Instituto de ciencias religiosas "Padre Félix Varela".

La arquidiócesis de La Habana explica que en el momento en el que envió el informe estaba "en curso el proceso investigativo".


Brasil: Funeral por el sacerdote asesinado

El padre Gisley Azevedo Gomes fue víctima de la violencia que quería combatir

BRASILIA, jueves 18 de junio de 2009 (ZENIT.org).- La Misa de cuerpo presente por el padre Gisley Azevedo Gomes, asesinado este lunes en Brasilia, se celebró el miércoles en la parroquia Santa Cruz y Santa Edwiges de la capital brasileña.

Los obispos y asesores de la conferencia episcopal de Brasil, que participaban en una reunión del Consejo Permanente, estuvieron presentes en la celebración.

Los restos mortales del padre Gisley serán sepultados en su tierra natal, Morrinhos, en Goiás.

El cuerpo sin vida del sacerdote fue hallado en las proximidades de Brazilandia, ciudad satélite del Distrito Federal.

Las investigaciones apuntan al robo como motivo del crimen, según la Pastoral nacional de Juventud de Brasil, de la que él era asesor.

En un comunicado, el organismo recuerda "su empeño en la lucha por la juventud, sus valientes palabras en defensa de la vida y sobre todo su compromiso con la bandera de la justicia y de la paz".

"Junto con la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, afirmamos que, lamentablemente, el padre Gisley fue víctima de la violencia que ansiaba combatir", indica el comunicado.

"Gritamos con fuerza y valentía que toda vida tiene el mismo valor, que es urgente enfrentar los grandes debates de seguridad pública y que nuestra marcha sólo se engrandece con la fuerza de su martirio", añade.

Ordenado sacerdote el 29 de mayo de 2005, el padre Gisley organizaba, con las pastorales de juventud de Brasil, la Campaña Nacional contra el Exterminio de la Juventud, que tenía como lema "Juventud en marcha contra la violencia".


Asesinan a un sacerdote y dos seminaristas en México

Ejecutados a balazos en Ciudad Altamiarano (Guerrero)

CIUDAD ALTAMIRANO, lunes 15 de junio de 2009 (ZENIT.org-El Observador).- Cuando se dirigían a una reunión de pastoral vocacional, fueron asesinados un sacerdote y dos seminaristas de la diócesis de Ciudad Altamirano, la noche del sábado en el municipio de Arcelia, en Tierra Caliente, Guerrero.

Se trata del sacerdote Habacuc Hernández Benítez, de 39 años de edad, coordinador de la pastoral vocacional en la diócesis de Altamirano, y los jóvenes Eduardo Oregón Benítez, de 19, y Silvestre González Cambrón, de 21, ambos vecinos de Ajuchitlán, Guerrero y que estaban en el proceso conocido como "seminaristas en familia".

Según el director de la Policía Investigadora Ministerial (PIM), alrededor de las siete de la noche del sábado, el sacerdote y los seminaristas fueron ejecutados a balazos por varios sujetos, cuando viajaban en una camioneta, en una de las céntricas calles de Arcelia, de pronto otro vehículo se les emparejó y los bajó de la camioneta disparándoles varios balazos calibre 9 milímetros.

Los cuerpos fueron velados en el seminario de Ciudad Altamirano y el lunes fueron trasladados a sus lugares de origen. El padre Habacuc fue ordenado en noviembre de 2002, mientras los jóvenes apoyaban a los sacerdotes de la zona.

Un golpe doloroso para la Iglesia

El domingo, en conferencia de prensa el arzobispo de Acapulco, monseñor Felipe Aguirre Franco conmocionado por el hecho dijo: "No sabemos hasta ahora cómo estuvieron las cosas, estamos prejuzgando y reflexionando en que vieron que eran unos jóvenes, había pasado un enfrentamiento y ellos iban en un carro, no se pararon", señaló sin abundar en el hecho. Aseguró que los cuerpos presentan disparos por la espalda.

"Esto es un golpe muy doloroso para Guerrero y para la Iglesia de la diócesis de Altamirano; nos duele el asesinato del sacerdote y los jóvenes, quienes estaban en un seminario en familia", dijo el obispo.

"Nos convertimos en rehenes en esta confrontación violenta de ajustes de cuenta de los carteles que están sobre nosotros, eso también contagia a personas, pues imitan estas acciones violentas y quieren llevar acabo lo que es la ley de la selva", afirmó Aguirre Franco.

También señaló el prelado que en aquella región del país prevalece la ley de resolver con la pistola, del ajuste de cuentas, del derramamiento de sangre, "es una sociedad que se está cainizando, es decir el hermano que mata al hermano".

En este sentido indicó que las fuerzas armadas no "bastan" para resolver el problema integral del narcotráfico y la violencia, por lo que es necesario que existan acciones que atiendan de manera integral este problema, ya que se está entrando en una guerra sin fin.

Monseñor Aguirre Franco dijo que ante estos hechos no solicitarán seguridad, ya que están en manos de Dios, y que la providencia los proteja, ya que son ciudadanos como todos los demás y no van a pedir seguridad. "Necesitamos la ayuda de Dios, pero no hay pánico, sólo tomaremos las precauciones necesarias para evitar confusiones", concluyó.

Por Gilberto Hernández García


Colombia: Asesinado un sacerdote conocido por su obra de caridad

El padre Juan Gonzalo Aristizábal fue encontrado muerto este domingo en Medellín

MEDELLÍN, lunes, 23 febrero 2009 (ZENIT.org).- "Nos aterra, nos horroriza este asesinato", así expresó este domingo el presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez al conocer la noticia de la trágica muerte del padre Juan Gonzalo Aristizábal, ocurrido en la ciudad de Medellín.

El cuerpo sin vida del sacerdote fue encontrado en ese día en su vehículo, cerca de la Universidad de Antioquia, de Medellín. Al parecer fue asesinado por asfixia mecánica. Sus exequias se realizaron hoy lunes en la Catedral Metropolitana de esta ciudad.

El padre Juan Gonzalo, de 58 años y 25 de sacerdote, era párroco de la iglesia de San Juan Apóstol. Los domingos celebraba misa en algunos hoteles de la ciudad como el Dann Carlton, el Belfort, el Poblado Plaza y el Intercontinental. Cientos de turistas así como de de feligreses que vivían en lugares aledaños, asistían semanalmente a su eucaristía.

Actualmente participaba en la construcción de una parroquia en el sector de El Tesoro, uno de los más prestigiosos de esta ciudad.

"Es un impacto que hoy quisiéramos que no fuera verdad. Son muchos años no solamente vinculado a hoteles sino al sector turístico y a toda la comunidad. Él era un maestro, un amigo, una persona que siempre estaba lista para una misa, un bautizo o un matrimonio", dijo en declaraciones al periódico "El Mundo" Manuel Molina, gerente del Hotel Dann Carlton de Medellín.

El presbítero lideraba algunas labores sociales como la destinación de las colectas dominicales en los hoteles para brindar becas estudiantiles en los barrios más pobres de Medellín. También era capellán en un asilo de ancianos en el deprimido barrio de Belencito de esta ciudad.

Igualmente el padre Aristizabal se desempeñó durante mucho tiempo como capellán de la Gobernación del departamento colombiano de Antioquia, cuya capital es Medellín. En ese entonces, se desempeñaba como gobernador el hoy presidente Álvaro Uribe Vélez. "Con él tuvimos en esa Gobernación una profunda cercanía", aseguró el primer mandatario de los colombianos.

Monseñor Alberto Giraldo Jaramillo, arzobispo de Medellín, ha declarado que el sacerdote fallecido "se distinguía por su espíritu de caridad con los más necesitados, entrega pastoral, inteligencia, entrega a los demás".

"Como Iglesia Católica rechazamos rotundamente esta clase de actos que van en contra de la vida humana, el mejoramiento de la sociedad y la labor evangelizadora de un sacerdote que diariamente procura el bien a los demás", afirma el prelado en un comunicado.

"No tenemos palabras para expresar nuestra preocupación y pena por el asesinato de nuestro querido presbítero".

El arzobispo concluye haciendo "un llamamiento a la oración por el eterno descanso" del presbítero y "por los responsables de este magnicidio para que el Señor transforme sus corazones".

Hasta el momento las autoridades eclesiásticas y policiales no han sabido precisar detalles sobre las causas y los actores de este crimen.


Bosnia-Herzegovina: Sacerdotes católicos desaparecidos, el gobierno calla

Las dificultades de ser católico en el territorio controlado por los serbios

BANJA LUKA, 8 sep (ZENIT.org-FIDES).- Han pasado cinco años desde que desapareció el padre Tomislav Matanovic. El sacerdote católico fue secuestrado el 18 de septiembre de 1995, junto a sus padres; tenía 33 años. Desde entonces, no se tienen noticias suyas y las autoridades de la República Srpska (la zona bosnia controlada por los serbios) nunca han hecho investigaciones para aclarar el misterio de su desaparición.
Además del padre Matanovic, en tiempos de la guerra en Bosnia, desapareció también el padre Ratko Grgic, párroco de Nova Topola. No se tienen noticias suyas desde el pasado 16 de junio de 1992. En el momento de la desaparición tenía 48 años.
Según informaciones recogidas por la agencia de la Santa Sede, «Fides», representantes de la Iglesia católica, entre quienes se encuentra el obispo de Banja Luka, monseñor Franjo Komarica; el nuncio apostólico, el arzobispo Giuseppe Leanza; y el arzobispo Jean Louis Tauran, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados; han interpelado en varias ocasiones al gobierno para pedir explicaciones.
«Las autoridades políticas --explican las fuentes autorizadas consultadas por «Fides»-- nunca han respondido». Entre los pocos católicos que quedan en la región se ha difundido la convicción de que los padres Matanovic y Grgic fueron asesinados, víctimas --«mártires» dicen ellos-- de la guerra étnica que ensangrentó la antigua Yugoslavia. Ahora bien, piden que se aclaren las circunstancias y que se les permita recuperar sus cuerpos.
En la zona, son muy difíciles las condiciones de los refugiados de religión católica que han decidido regresar a sus casas. Entre 1991 y 1992, fueron expulsados de Banja Luka unos 70 mil católicos (croatas, checos, eslovacos, italianos, polacos y ucranianos). Hasta la fecha, sólo han regresado 509 familias (1024 personas de fe católica). En su mayoría se trata de personas ancianas.
«Los que regresan --afirman fuentes de «Fides»-- no pueden encontrar trabajo, y no se les permite retomar el empleo que tenían antes, del que fueron expulsados durante la guerra». Los ancianos pasan meses enteros sin recibir la jubilación a la que tienen derecho. Además, «quienes regresan tienen, en teoría, derecho a la asistencia sanitaria, pero en la práctica tienen que pagar todo».
Fuentes locales han asegurado que «la mayor parte de las organizaciones internacionales activas en la región no ofrecen asistencia a los católicos que regresan: a muchos se les dice que vayan a pedir ayuda a la Cáritas».